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miércoles, abril 04, 2007

El cocodrilo y la serpiente

Amaneció el día en que iba a ver la tumba de Ernesto Guevara. La temperatura era primaveral con un toque húmedo del caribe. Israel, el guía y dueño de la furgoneta nos iba explicando: y esto es uno de los campos de naranjos más grandes de la isla, ocupa varios kilómetros. Y ahora vamos a pasar por Cárdenas, ¿Os acordáis de Elian González, el niño balsero? Vive, aquí. Mirad, ahí están los agentes del Gobierno que lo protegen día y noche. Es un símbolo de la revolución.
Llegamos a un pequeño zoo y paramos para verlo. Nada más entrar vemos un cocodrilo de dimensiones diminutas. Entre sus dientes estaba atrapada una serpiente también pequeña.
-Vamos a ayudarle, dijo una amiga.
- A quién, quiso saber Israel.
- Al cocodrilo claro, siempre al fuerte.
Nos fuimos disgregando para ver el resto de animales hasta que sólo quedamos el guía, mi amigo Pablo y yo. Entonces Israel cogió una manguera del suelo y atizó con fuerza al cocodrilo. El acorazado animal se asustó, soltó a la serpiente y se acurrucó en una esquina sin atreverse a mover. La serpiente con paso lento, pero sin pausa, dolorida por los fuertes colimillos de su captor, consiguió escapar. El joven guía sonrió mientras seguía caminando.

lunes, marzo 19, 2007

Una noche en Varadero

Ingredientes: tres margaritas, dos vozkas con zumo de naranja y un ron punch. Un baño nocturno y oscuro en el mar en calzonzillos, una ola de calor y alegría.

Efectos: sentimiento de invulnerabilidad, andar sobre las aguas y jugar a ser inmortales tan sólo un instante. Los gritos serán como un halo de vida en el desierto, el llanto se escuchará alto en la noche, para quien quiera escucharlo.

No podemos ver el amanecer, no llegaremos a tiempo. De la piscina al colchón. Duerme, la felicidad es un instante pasajero. El secreto está en juntar instantes felices. La eternidad no existe pero nada muere, todo se transforma. Nunca más será 15 de marzo de 2007. Ahí radica el misterio. Hasta mañana

Habaneando

La Habana nos recibió vestida de luces. Nos timaron en la cena y acabamos en el malecón sboreando la salada brisa del mar con nuestro inseparable Havana Club. La capital de Cuba como le escribió un amigo a su madre es envolvente y feliz, también orgullosa. La gente es muy fidelista, tranquila y pedigüeña. Un hombre nos llevó a tomar un mojito y acabaé pagando por ellos 13 pesos convertibles (unos 12 euros). El cubano es un puelo cercanoy caluroso pero si llevas cara de "primer día" acabarán sacandote hasta los ojos si te descuidas. La dictadura lo consiente porque la mendicidad aduerme las conciencias y embota los corazones. Muchos, la mayoría, sólo buscan sorevivir, buscavidas que a pesar de todo lo que tienen que sufrir nunca dejan de sonreir, de bailar o de cantar. Los cubanos tienen porhibido andar con los turistas. Una noce en el malecón vimos a unos policias llevarse a un chico esposado por estar cerca de nosotros. Pero cuando hablan de sí mismos no hay rencor en sus palabras. Un joven que nos enseñó a tocar ritmos cubanos con los bombos y las maracas nos lo demostró: "Nosostros no tenemos dividí (dvd) pero somos felices.
Cuba es la hermana pequeña y despechada de EEUU. Su madastra España comparte con ellas las mismas estrellas en el cielo cada noche. Tan cerca, tan lejos. La Habana colonial y neocolonial se funden con la cultura afrocubana, creando un sin fin de sentimientos nocturnos hasta el amanecer. En la ciudad dormida nadie duerme. Sus edificios se estcancaron en los años 30 como si de una película de El Padrino se tratara. Desde aquel entonces, los edificios se han ido deteriorando hasta coger un tono gris, con las fachadas peladas por la humedad y el viento. Sus únicos cambios son remiendos y parches . Como cuando tu madre te ponía una rodillera en los vaqueros, sin poder ocultar la realidad. Grandes mansiones que apenas se sostienen son las viviendas de los más pobres. Tan sólo un pequeño círculo alrededor de la catedral de la Habana Vieja ha restaurado su aspecrto gracias al dinero de España por ser patrimonio de la humanidad.
Cuatro días que no dan para mucho, pero ayudan a soñar una ciudad. La plaza de la revolución y un puro en honor de aquel sueño truncado. El capitolio wasingtoniano, un amigo de verdad, Raul, en una oche con Brugal. Espero que tu madre se recupere de lo suyo. El fuerte del Morro, como aquel otro puertoriqueño, como me recuerdan ambas hermanas. Amo y odio esta ciudad. Amo y odio a la gente, la revolución. Amo y odio el país donde triunfó Ernesto Guevara.
Miró las luces de la ciudad desde la noche en el malecón. Es mi última noche. Intento retener todas las imágenes posibles antes de marcharme para recordarlas siempre. Creo que empiezo a entender el espíritu cubano. Volveré a la Habana, aunque ya no será la misma. Yo tampoco.