lunes, abril 11, 2016

Somos Instantes

Alberto RoventyQue somos instantes me lo enseñó Diego Munch. Entonces éramos unos adolescentes que jugábamos a retorcer las teorías políticas de la izquierda en busca de nuestra propia identidad en las incipientes redes sociales que eran los foros.

Desde entonces he pensado muchas veces en el concepto de la vida como instante. No solemos prestarle atención en la rutina de nuestros día a día pero un instante puede llevarte a la cima y en un instante puedes notar todo el peso de la realidad sobre ti y sentir como algunos de los pilares sobre los que habías edificado tu vida se desmoronan.
La vida entendida como un conjunto infinito de instantes es lo que la hace tan especial, lo que nos convierte en únicos. Lo bueno de nuestra existencia es que ni los peores momentos duran para siempre. Lo malo es que tampoco los mejores son eternos.
La felicidad es también un instante único e irrepetible que a veces conseguimos conservar en el siguiente instante y a veces se esfuma delante de nuestras narices sin tiempo para rechistar, sin una explicación que probablemente se quedó en el camino, decenas de miles de instantes atrás y que ya no tiene sentido preguntar.

Solo si entendemos la vida como instante tiene sentido que, al mirar a una época pasada pensemos lo felices que éramos pero, curiosamente, mientras la vivíamos no éramos del todo conscientes. No es la época lo que nos hizo felices, si no el recuerdo de todos esos instantes que nos dejaron huella. Y a veces, precisamente son los instantes más felices los que duelen tanto después, hasta el punto de idealizarlos.

Dicen que si te duele el pasado es porque has sentido. Es porque esos instantes merecieron la pena. Pero el dolor también es un instante que va y viene. Y los instantes se van haciendo borrosos conforme el dolor va dejando sitio a nuevos instantes felices construidos al principio con dificultad, después con mayor rapidez.
Pero siempre quedará ese párrafo inconcluso de tu vida, esa suma de instantes eternos que acabaron con un largo silencio y unos puntos suspensivos…

domingo, junio 14, 2015

El día del cambio



Yo nunca había hablado delante de tanta gente. Habría cerca de mil personas disfrutando de la verbena popular en Las Vistillas para celebrar la llegada de Manuela Carmena a la alcaldía.
-Hay que dar un mensaje, le dije al de seguridad del escenario.
- Tenemos que recoger toda la basura de la plaza para que nadie nos pueda acusar de dejarla sucia. ¿Con quién tengo que hablar?
El de seguridad, que llevaba un chaleco fosforito de los que se usan en el coche, me señaló a su izquierda al dj, un chaval que tendría unos 25 años, con un bigote estilo vintage de los años 60. Eran las 11:50 de la noche y en diez minutos teníamos que apagar la música. Gonzalo y yo habíamos tomado la decisión de pedir por megafonía ayuda a la gente para recoger la plaza como muestra de una nueva forma de hacer las cosas en Madrid. Las instituciones deben de dar ejemplo público constantemente, es uno de los pilares para lograr una sociedad mejor. Le expliqué la situación al dj y a otra chica morena de pelo rizado que había a su lado.
-Tendrás que darlo tú- me dijo la chica.

Y sin darme tiempo de reacción me pasó el micro  y bajo la música…el tiempo comenzó a pasar más lento. Me subí al escenario y se elevó un cántico unánime entre la gente: “Sí se puede, sí se puede”.
-Buenas noches Madrid- me oí con voz firme en todos los rincones de la plaza, delante de cientos de orejas pendientes de mí. Hice una pausa, mientras un clamor unánime me respondía.
-Hoy es el día del cambio…- el clamor aumentó.
-Y como todo cambio…- Me quedé en blanco, no sabía que decir. Pasó un segundo eterno antes de continuar. -…trae una nueva forma de hacer las cosas. Vamos a acabar la fiesta por hoy-.
 El coro de voces grito de nuevo: -¡Nooooooo!-
A mi espalda oí como el dj me decía: -para esto no te he dejado que subieras-. Los segundos pasaban como horas. El de seguridad se acercó a mí y me dijo: -Habla o los pierdes-
Me dejé de parafernalias, tenía que dar el mensaje.
-A las 12 vamos a apagar la música y queremos pediros colaboración para dejar la plaza más limpia de cómo nos la hemos encontrado-.
Los recuperé. La gente empezó a aplaudir y a vitorear.
-Porque eso también es parte de hacer el cambio-. Nuevo clamor. El dj subió la música antes de que pudiera añadir: -En unos minutos acabamos-.

Me bajé del escenario, y le dije al dj: -A las 12 apaga, ni un minuto después, evitemos problemas-.
Crucé toda la plaza hasta la carpa donde estábamos sirviendo bebida y comida.
-Bien hablado, Alberto- me dijo Gonzalo, uno de los que más han trabajado por Ganemos y por la confluencia en Madrid y quien me enroló por primera vez en el proyecto en julio del año pasado en la primera Asamblea de Ganemos en el barrio de Tetuán. Gonzalo y varios más cogimos bolsas de basura y nos distribuimos para recoger. Muchos nos ayudaron. De vez en cuando me cruzaba con personas que no conocía que iban también con bolsas de basura, las sonreía y las animaba. Llenamos los contendores de la plaza y quedo limpia, aunque todavía había mucha gente haciendo botellón. Entre Gonzalo y yo cogimos uno de los cubos de basura y lo arrastramos hasta el medio de la plaza para que todo el mundo lo viera y pudiera echar la basura allí.
Ha comenzado el cambio y hay mucho que limpiar.

domingo, octubre 19, 2014

La Ventana



Dice Sabina que lo peor del amor cuando se acaba es que al punto final de los finales no le quedan dos puntos suspensivos... Será mi alma de marinero, que diría Serrat, o más bien de Peter Pan, que me he pasado la vida buscando esa ventana abierta donde encontrar a Wendy. Pero qué duro es cuando después de muchas noches visitando la misma ventana, un día, sin más, se cierra. Sin epílogo, sin despedida, sin un "te echaré de menos".

Como el joven Totó, esperando mil y una noches, con frío, viento y lluvia hasta el último día a que se abriera la ventana.  Y vuelve Sabina a retumbar en mi cabeza: "y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..." Y en dos horas se han agotado las entradas de su concierto en Madrid, porque la vida es así, pasa deprisa y no espera a digerir ni las buenas ni las malas noticias.

Camino pero no oigo el ruido de mi alrededor, sólo la voz de Samsagaz en mi cabeza: "henos aquí, como en las grandes historias, de esas que no quieres ver el final porque cómo van a acabar bien…". Las historias tienen un principio y un final, pero la vida no. Es un continuo, un eterno retorno en el que son mis pies los que me guían, bien lo sabía Antonio Machado. Todo esto me pasa por salirme del camino trazado, de "la general" como diría Rosendo, pero como le diría el escorpión a la rana: "es mi naturaleza" o como Lutero al Papa: "no sería justo ni honesto ir en contra de mi conciencia".

Creo que ya me encuentro mejor, hay mucho por hacer, que diría Ismael Serrano, y todas las distracciones imaginables para acallar la mente y las dudas, para aparentar que me rindo en silencio... Creo que esta noche meteré “ el corazón en una cajita por si me lo quitan”, como Extremoduro y no volaré en busca de Wendy porque "siempre me entra arena en los zapatos, que diría Fito. Creo que esta noche, dejaré el barco atracado en el puerto, me quedaré en nunca jamás.

"Lo importante es que no nos ha pasado nada y estamos bien", me dijo mi tía cuando se quemó la cocina en Puerto Rico. Ella lo sabría mejor que nadie después y yo no me puedo olvidar de que “seguimos vivos”, gracias Ismael otra vez, Serrano tenías que ser, y que en cada segundo de vida todo puede cambiar.

Aparece la voz de mi tío, "los problemas que no tienen solución es mejor no plantearlos". Mi cabeza los plantea una otra vez, me martillea entre descanso y descanso, en el metro, al levantarme y al acostarme. No puedo evitar los genes, pero me consuela esa voz cercana en mi corazón que me llamaba desde el otro lado del mar en cada cumpleaños: "atrévete a hacer las cosas diferentes".

Mañana saldré a navegar otra vez, a inventarme, a soñar que todo es posible, que Wendy existe y que me está esperando en su ventana.


lunes, septiembre 15, 2014

La Boda

Todo empezó en la charla que dio Ignacio en la universidad en la clase de aquel profesor medio chiflado de la que era alumna Rocío. Uno nunca sabe la importancia que tienen determinadas personas para el devenir de nuestras vidas aunque luego se pierdan en el baúl de nuestra memoria. Entonces Rocío no sabía aún que no se iría de Erasmus, ni sospechó nunca que el día 13 de septiembre de 2014 sería tan importante en su vida.

Mi parte en esta historia comenzó unas navidades justo antes de entrar con mi familia en el musical de El Rey León. "Hombre, Ignacio, ¿qué tal?", "Bien, bien, oye, se ha quedado libre el puesto de responsable de la página web de La Tribuna, ¿quieres trabajar con nosotros? No es como el puesto que te ofrecí en verano, esto sería jornada completa y contrato". Contesté: sí. Y gracias a esa llamada dos años y nueve meses después pude compartir tan cerca de él uno de los momentos más importantes de su vida.

No puedo evitarlo, el amor es una incógnita no despejada en mi vida. Casi me parece un jeroglífico sin Piedra Roseta con el que traducirlo. Y la forma en que Ignacio vive su relación con Rocío, tan natural, tan cariñosa, siempre me ha atraído. Su ya matrimonio funciona con la aparente sencillez de un reloj de cuco: con precisión y una imagen externa impecable, que esconde un trabajo para acompasar sus ritmos de vida, para entenderse, para respetarse, para pensar primero en el otro antes que en uno mismo. Eso es el amor y no otra cosa: un camino compartido entre dos personas en el que ambos miran en la misma dirección. Y así fue su boda también. Todo estaba tan bien preparado que sucedió de forma natural. Cóctel, cena, baile nupcial, concierto, coreografía ensayada y más baile hasta cerrar una noche que siempre recordaremos.

En mi historia particular dentro de la boda, tuve que implicarme en la intendencia y me perdí el momento del sí quiero en la Iglesia. Pero la vida siempre te devuelve una parte de lo que te quita. Cuando acabó la celebración pude disfrutar del novio y de la novia en exclusiva porque su hotel estaba al lado de mi casa. "Una boda pone a prueba de verdad una relación", me confesaba Ignacio cuando volvíamos en un coche de lujo pedido para la ocasión. Bien amigos, prueba superada, Matrícula de Honor. Los tres íbamos con una media sonrisa, respirábamos tranquilidad y los novios el triunfo y la satisfacción plena del trabajo bien hecho.

Los dejé en la puerta del hotel y me bajé del coche para poner un punto y seguido a mi parte en esta historia. Los dejé solos, por fin, marido y mujer, por primera vez y yo me fui caminando cuando aún no clareaba, en busca de la Piedra Roseta para descifrar el jeroglífico y construir mi propia historia.

domingo, agosto 31, 2014

La forja de un rebelde


Esta es la historia de un país pobre que fue arrastrado a una guerra civil. Es la primera conclusión que saco tras terminar la trilogía autobiográfica de Arturo Barea, que es seguramente la mejor crónica de la historia de España de la primera mitad del siglo XX. Al principio no entendía su propósito. El primer libro es una amalgama de recuerdos de su infancia en la que trata de mejorar su posición social para que su madre ya no tuviera que lavar más en el río. Es un mundo inóspito, lleno de prejuicios morales, hipocresía, con una fuerte separación social entre una casta privilegiada que sacaba rédito siempre de los más desfavorecidos, aquellos que nunca vivieron por encima de sus posibilidades.Barea cuenta su historia cruda y tranquila con la precisión de un taxidermista, una historia que es la mía 100 años después porque no hemos cambiado tanto.

El segundo libro retrata al corrupto hasta el tuétano ejército español, ése que comandado por unos cuantos generales aplastó a su propio pueblo sin remordimientos pocos años después. El tercero, el mejor y el más duro, refleja la guerra civil que él vivió en Madrid en su primera mitad, antes de verse obligado al exilio. Leo la historia de mis abuelos reflejado en este libro sin pestañear, sintiendo que me hierve la sangre de impotencia ante lo que es capaz de hacer la guerra con los seres humanos. Siento la indiferencia de Francia y de Inglaterra ante un pueblo luchando por un mundo mejor y me emociono al evocar a esas Brigadas Internacionales que acudieron a España a defender nuestra libertad que también era la suya. Los hemos evocado hace poco en la primavera árabe, pero ¡ay! como siempre, ya están quienes quieren aprovecharse de la buena fe humana para convertir su ilusión en un arma de destrucción sangrienta como ocurre en el Estado Islámico de Irak. El miedo es siempre el perfume que deja el totalitarismo.

La historia de Barea es la historia de la humanidad y por fin lo entiendo. Más que un libro son palabras vomitadas porque son quizá imposibles de digerir. ¿Cómo puede haber tanta injusticia a nuestro alrededor? ¿Cómo podemos pasar de largo ante la violencia que presenciamos cada día? ¿Es posible la alegría y la esperanza en un mundo así?

Pero creo que ya empiezo a entenderlo. Barea siempre quiso ser escritor pero nunca encajó en los círculos literarios y sólo la destrucción de todo su mundo le obligó finalmente a ello. Porque tenía que dar testimonio, porque tenía que decir las verdades para que, hoy, alguien como yo pudiera leerlo, comprender y seguir su legado. Por eso estudié periodismo: para poder dar voz a los que no la tienen, para cantarle a los poderosos las verdades que tanto les escuecen, como Barea, de manera tranquila y sencilla, sin gritar. Por que como él, yo también soy un idealista aburguesado que se rebela contra la sociedad injusta que le rodea. Porque tengo el deber histórico de continuar con el trabajo de tanta gente cuyo único crimen fue buscar una vida mejor, y mi mejor arma son las palabras.

En el último libro Barea se refugia en Calpe durante algunas semanas huyendo del horror de Madrid. En un restaurante donde iba a comer paellas, le pregunta al dueño: "¿Ganaremos esta guerra?" Él le contesta: "Sí...pero no ahora".

Mientras, habrá que seguir vomitando las palabras que no somos capaces de digerir.

miércoles, noviembre 26, 2008

20-N

Hace 22 años, un 20 de novimebre como hoy también era jueves. Nací en la clínica Loreto en la calle Reina Victoria de Madrid y el médico, cuando vio que estaba sano y salvo, exclamó: "El cumpleaños de este niño será recordado siempre". Claro, era el día de la muerte de Franco.

Todos los años recibo las felicitaciones de mis amigos. Son geniales y les agradezco que ese día se acuerden de mí. Es como si me dijeran: Ey, Alberto! Gracias por formar parte de nuestras vidas! Lo mismo les digo. Soy muy afortunado por tenerlos a mi lado.

También todos los años recibo una llamada que suena lejana y que viene del otro lado del Atlántico. La voz tardaba en llegar pero su tono cálido y cercano me hacía sentir como si estuviera delante de mí y no a miles de kilómetros en Puerto Rico, Brasil o Perú. Siempre se acordaba de todos los cumpleaños.

Este año miro el teléfono pero ningún número privado llama desde el extranjero, pero mi corazón no deja de latir como un teléfono móvil sonando. Allí una voz que suena cercana y su tono es cálido me ha dicho: Felicidades, sobrino.

martes, septiembre 02, 2008

Las dos orejas (I parte)

Acudieron señores y señoras, niños y ancianos, casados y solteros a las festividades del madrileño pueblo de San Sebastián de los Reyes. A las 12 de la madrugada, la ciudad se iba a vestir de luces de colores y fuegos artificiales y los asistentes vestían sus mejores galas sabiendo que la faena sería memorable. Era una plácida noche de verano.

En el anfiteatro no cabía ni un alfiler y los últimos ocupaban el césped de la parte de arriba y allí se sentaban dispuestos a contemplar los mejores fuegos de artificio que jamás hubieran visto. Con 5 minutos de cortesía sobre las 12 comenzó el espectáculo. El diestro de San Sebastián, por mejor decir, el artista de semejante faena, tenía preparado para el final una maravilla de luces y estruendos que nadie podrá olvidar.

La lidia comenzó con tres chupinazos distantes los unos de los otros, como anunciando que la magia estaba apunto de empezar. La sinfonía luminosa y sonora ascendía y descendía sin parar, como si de un ballet artístico se tratara. El público, entusiasmado, aplaudía espontáneamente ante las revelaciones verdes, moradas y rojas, que poco a poco fueron sustituidas por un dorado estrellado que el respetable miraba con asombro y admiración.

Cuando parecía que el torero había terminado su faena, matando a un toro manso, comenzó lo bueno de verdad. Se desató una guerra en el cielo que los ojos no conseguían abarcar por completo. Destellos arriba, destellos abajo hasta que finalmente el ruido paró y dio paso a una lluvia de estrellas doradas que descendió de los cielos tocándonos el corazón. Para redondear la excelente faena, el artista encargado de tan maravillosa obra hizo sonar tres chupinazos seguidos, simbolizando un final apoteósico.

La gente se levantó y vitoreó, aplaudió a rabiar. yo, desde mi privilegiado lugar, también me levanté y desde el ccorazón grité: ¡Las dos orejas! ¡Qué le den las dos orejas! Y juro que en ese momento no saqué un pañuelo blanco para pedir al inexistente presidente del festejo que sacaran al artista de semejante lidia por la puerta grande del anfiteatro.